En tanto espera que la siesta llegue a su fin, vuelve a mirar el reloj de pared.
Detrás de la ventana frontal, la vigorosa luz puja, y solo el brocado de la cortina de vivos dorados y carmín, impide que mancille la fresca oscuridad interior.
Su mano corre apenas la cortina. Distraída, observa a unos perros vagabundear con aire señorial, mientras el pueblo se despereza de su modorra estival.
Los ve beber de la fuente y recostarse a la sombra de los árboles que custodian la casona familiar.
El viejo piano, un Steinway color nogal, ocupa un rincón privilegiado en la solemne sala.
Echa un vistazo a partituras y cuadernillos apilados sobre la mesa, y asiente para sí.
Repentinamente, una oleada de fría angustia hace mella en su estomago.
En ademán de estoica rectitud, endereza rápidamente su postura, y repasa mentalmente el aviso que fraguó con cuidado, escogiendo palabras elocuentes para remarcar la virtud de su arte, y atraer el interés de los pueblerinos.
Había sido publicado no sin antes debatirlo con el editor del diario local.
“Profesora Clarisa Vega Alvarez. Clases de piano y formación musical...”
–Acaso podría ella, solterona en sus cincuenta, formar musicalmente las jóvenes mentes de los hijos del almacenero, o de la costurera? -Se pregunta amargamente.
“...música clásica...” –Dudo que despierte interés alguno! –Sentencia.
Una tras otra, las palabras pierden sentido: “...Armonía, improvisación, composición...”.
Suena la campañilla y mira por la ventana encortinada.
Afuera, el menor de los hijos del cartero, de aspecto vivaz, había sido arrastrado por su madre hasta la puerta de la casona.
Mientras la mujer lo insta a sacudirse el polvo de sus zapatos, la mirada de Clarisa se cruza con la de rasgos inquietos de su primer alumno.
-Vaya! –Y admite: -Puede que me lleve una sorpresa después de todo!
Con el presente post me sumo a la convocatoria para participar en "Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com"
Porque yo tenía un placard que parecía no tener fondo. El mismo albergaba un universo de cosas variadas y algunas hasta olvidadas. Grande fue su fama y a mucha gente su capacidad impresionó, que a menudo sobre un objeto o prenda preguntaban: ¿Acaso lo sacaste del fondo de tu placard?
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sábado, 26 de junio de 2010
viernes, 21 de mayo de 2010
Retazos de vida cotidiana: Raro rulo
Solamente poniendo su cabeza de costado, izquierdo particularmente, podía ver ese extraño mechón de pelo enrulado. No era un rulo apretado, sino uno suavemente ondeado cuya terminación desafiante de la gravedad, apuntaba levemente al techo.
Trató de verlo desde el otro costado, pero no pudo. Debía girarse demasiado y claro, ella no tiene ojos en la espalda
No desentonaba tanto después de todo. El resto de la cabellera no estaba de momento perfectamente alisada ni prolijamente peinada.
Había pasado la noche restregando su cabeza contra la almohada, molesta por el zumbido de un mosquito extraño para un otoño avanzado.
Ya lo había sentido la noche anterior, pero solo un rato porque después de apagar la TV y enchufar el aparatito/porta tableta mata mosquitos, durmió confiada y placidamente.
Esta vez sintió en plena noche la molestia del insecto al que creía muerto.
Sin duda debía su prolongada existencia a esas noches de invierno demasiado húmedas para la época.
No prendió la luz. Conoce el poco éxito que tiene tratar de darle caza en medio de la noche. No quiso verse nuevamente sentada en la cama, agudizando vista y oídos, girando la cabeza en una y otra dirección. Escucharse la respiración, oír las quejas provenientes de las profundidades del sueño de su marido, y encontrarse con la imagen que le devuelve el espejo, que pende en un ángulo casi enfrentado a la cama.
Una de pelos crenchudos y cara de loca.
Esa noche no. No hizo el menor esfuerzo por trabarse en duelo con el insecto. Se limitó a cachetearse en la oreja, - aquella donde escuchó el último zumbido unas fracciones de segundos previos-, y a dar un par de manotazos al aire. Mientras sus brazos se alzaron en un ademán inconcluso de ventilar las sábanas, deseó que el insecto fuera a posarse sobre la piel del que yace a su lado.
-Que vaya a picarlo a él que viene zafando todos los veranos!
-Que calor que hace! –Se percató
Estaba tapada con doble colcha y tenía la camiseta algo mojada a la altura del pecho a causa de la transpiración nocturna.
El calefactor estaba en piloto desde que se acostaron, pero el ambiente aun estaba calefaccionado, a causa de todas esas horas de la tarde en que permaneció encendido.
No era el único ambiente caldeado de la casa. El radiador de la cocina también había estado calentando gran parte del día.
Hasta poco antes de la cena estuvo oreando la ropa que llevaba lavada más de un día, y que la humedad en aumento no dejaba secar.
-Con razón estaba tan inquieta!
-Esta porquería de cambio climático! Ya ni las enfermedades tropicales se quedan en el trópico!! -Se dijo.
Dudó en levantarse y abrir la banderola de la ventana. Optó en cambio por incorporarse lo suficiente como para sacarse las medias de algodón que suele usar para dormir.
Nunca le falló. Cada vez que está inquieta y no puede dormir porque la humedad la tiene a mal traer durante esas noches raras del invierno porteño, desabrigarse los pies en procura de enfriamiento corporal, le ha valido mejores resultados que restarse una colcha.
Ya de mañana puso a calentar el agua para el mate. Recordó su desvelo nocturno y se preguntó si el maldito la habría picado.
Se miró de frente en el espejo del botiquín del baño y advirtió que tenía un párpado hinchado.
-Ahhh! Pero qué desgrrraciado!
Al instante se encontró mirándose el perfil de reojo.
El mechón ondulaba en un elástico tirabuzón que le caía en un arco abierto por encima del resto de la melena lacia. Una melena larga enmarañada, cuyas puntas terminan redondeadamente y sin esfuerzos a la mitad de la espalda.
Con movimientos impensados se paso los dedos por el mechón que nace en su sien izquierda. Estaba enredado y vaporoso como si hubiera estado expuesto al aire caliente.
La espesa cortina de pelo castaño, dejaba pequeños claros que se veían a través de las tiras de cabello espeso, que apenas se dividian del resto.
No hizo falta concluir que ese efecto lo había provocado la exudación, de esas que se alojan en la base del cráneo durante un sueño agitado.
Por debajo de esa mata, pasó su mano a lo largo de la nuca entrando con los dedos hasta el nacimiento del cabello, y sintió los persistentes vestigios de húmeda tibieza.
-Que días raros! –Pensó
-No se decide el invierno a instalarse propiamente. Dentro de las casas esta frío y destemplado y sin embargo, afuera el abrigo llega a pesar.
-Porque no se decidirá a llover de una p... vez??!!
No había programas para esa mañana, así que en tanto encendía la computadora y volcaba el agua caliente en el termo, se decidió a desayunar tranquila y leer su correo.
Luego se daría un baño.
Trató de verlo desde el otro costado, pero no pudo. Debía girarse demasiado y claro, ella no tiene ojos en la espalda
No desentonaba tanto después de todo. El resto de la cabellera no estaba de momento perfectamente alisada ni prolijamente peinada.
Había pasado la noche restregando su cabeza contra la almohada, molesta por el zumbido de un mosquito extraño para un otoño avanzado.
Ya lo había sentido la noche anterior, pero solo un rato porque después de apagar la TV y enchufar el aparatito/porta tableta mata mosquitos, durmió confiada y placidamente.
Esta vez sintió en plena noche la molestia del insecto al que creía muerto.
Sin duda debía su prolongada existencia a esas noches de invierno demasiado húmedas para la época.
No prendió la luz. Conoce el poco éxito que tiene tratar de darle caza en medio de la noche. No quiso verse nuevamente sentada en la cama, agudizando vista y oídos, girando la cabeza en una y otra dirección. Escucharse la respiración, oír las quejas provenientes de las profundidades del sueño de su marido, y encontrarse con la imagen que le devuelve el espejo, que pende en un ángulo casi enfrentado a la cama.
Una de pelos crenchudos y cara de loca.
Esa noche no. No hizo el menor esfuerzo por trabarse en duelo con el insecto. Se limitó a cachetearse en la oreja, - aquella donde escuchó el último zumbido unas fracciones de segundos previos-, y a dar un par de manotazos al aire. Mientras sus brazos se alzaron en un ademán inconcluso de ventilar las sábanas, deseó que el insecto fuera a posarse sobre la piel del que yace a su lado.
-Que vaya a picarlo a él que viene zafando todos los veranos!
-Que calor que hace! –Se percató
Estaba tapada con doble colcha y tenía la camiseta algo mojada a la altura del pecho a causa de la transpiración nocturna.
El calefactor estaba en piloto desde que se acostaron, pero el ambiente aun estaba calefaccionado, a causa de todas esas horas de la tarde en que permaneció encendido.
No era el único ambiente caldeado de la casa. El radiador de la cocina también había estado calentando gran parte del día.
Hasta poco antes de la cena estuvo oreando la ropa que llevaba lavada más de un día, y que la humedad en aumento no dejaba secar.
-Con razón estaba tan inquieta!
-Esta porquería de cambio climático! Ya ni las enfermedades tropicales se quedan en el trópico!! -Se dijo.
Dudó en levantarse y abrir la banderola de la ventana. Optó en cambio por incorporarse lo suficiente como para sacarse las medias de algodón que suele usar para dormir.
Nunca le falló. Cada vez que está inquieta y no puede dormir porque la humedad la tiene a mal traer durante esas noches raras del invierno porteño, desabrigarse los pies en procura de enfriamiento corporal, le ha valido mejores resultados que restarse una colcha.
Ya de mañana puso a calentar el agua para el mate. Recordó su desvelo nocturno y se preguntó si el maldito la habría picado.
Se miró de frente en el espejo del botiquín del baño y advirtió que tenía un párpado hinchado.
-Ahhh! Pero qué desgrrraciado!
Al instante se encontró mirándose el perfil de reojo.
El mechón ondulaba en un elástico tirabuzón que le caía en un arco abierto por encima del resto de la melena lacia. Una melena larga enmarañada, cuyas puntas terminan redondeadamente y sin esfuerzos a la mitad de la espalda.
Con movimientos impensados se paso los dedos por el mechón que nace en su sien izquierda. Estaba enredado y vaporoso como si hubiera estado expuesto al aire caliente.
La espesa cortina de pelo castaño, dejaba pequeños claros que se veían a través de las tiras de cabello espeso, que apenas se dividian del resto.
No hizo falta concluir que ese efecto lo había provocado la exudación, de esas que se alojan en la base del cráneo durante un sueño agitado.
Por debajo de esa mata, pasó su mano a lo largo de la nuca entrando con los dedos hasta el nacimiento del cabello, y sintió los persistentes vestigios de húmeda tibieza.
-Que días raros! –Pensó
-No se decide el invierno a instalarse propiamente. Dentro de las casas esta frío y destemplado y sin embargo, afuera el abrigo llega a pesar.
-Porque no se decidirá a llover de una p... vez??!!
No había programas para esa mañana, así que en tanto encendía la computadora y volcaba el agua caliente en el termo, se decidió a desayunar tranquila y leer su correo.
Luego se daría un baño.
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