viernes, 30 de abril de 2010

Inmunidad contra cinismo se busca

Quiero la maternidad más que ninguna otra cosa.
El deseo ocupa casi totalmente mi horizonte junto a otras cosas, que claro, no he dejado de desear.
Como sea, es el que detenta el primer puesto del ranking, y se lleva la palma.
Admito que tener un norte tan permanente y por tanto tiempo, me ha ahorrado una considerable cantidad de energía a la hora de priorizar, así como de pensar y elegir, cuando de pedir deseos se trata.
Y así como la maternidad puja desde adentro en tanto reclamo biológico, mandato social, grito de las vísceras. Deseo con fuerzas me redima y aleje del virus del cinismo, que acecha y amenaza ser incurable.
RAT y yo corremos serio peligro de quedar atrapados en el centro mismo de nuestras existencias.
Encerrados en el hueco que forman los círculos concéntricos de nuestra vida en pareja, -sin la aparición de otra vida que los abra como una tenaza-, y cambie el color de la pantalla a través de la cual vemos el mundo, podemos bien ser afectados de permanente.
De ser así, sospecho seremos firmes candidatos a convertirnos en destinatarios mutuos de la casi totalidad de nuestros recursos. Físicos, emocionales y económicos.
Moldeados en una intimidad a medida de nuestras mañas, y en tanto productos genuinos de una generación que viene en envase de eco-conciencia, envolveremos nuestro hogar con un filtro de política correcta.
Y así, si la vida nos deja tranquilos y no nos incomoda con hechos imprevisibles o fuera de protocolo, dejaremos entrar selectivamente la cantidad y calidad de experiencia, de conformidad con nuestro índice de tolerancia.
De seguro dedicaremos amplio espacio a instruirnos y afilar nuestra capacidad crítica. No es que esté mal instruirse! Es que me parece existe una propensión de los espíritus acomodados a mimar su vanidad intelectual, tanto como la material.
Temo que el paso de los años en mutua soledad no depare mucho más que la fuerte tentación de prenderse a los coletazos de juventud, y nos empecine en retener manifestaciones de belleza aparente.
Mientras espero, miro a los del otro bando. A mis contemporáneos, padres y madres.
Los veo estacionarse en doble fila a la salida de los colegios, sabedores de la importancia de la misión de sus vidas.
Ejercer con arrogancia las facultades que otorga ese derecho inalienable a la paternidad, que ni en sueños cuestionarían
Los veo posesivos de la síntesis de la vida. Descalificantes de las opiniones que no provengan de los suyos, y exhibir en sus miradas el conocimiento del núcleo de lo sagrado. El sentido de sus existencias, la dirección inequívoca, el alivio generacional.
Excluyo de este grupo a aquellos que lograron con esfuerzo, arrancarle a la vida un pedazo de existencia para sí mismos.
Tanto tiempo detrás de las filas restó ganas de ostentar el conocimiento íntimo que viene de las entrañas. Conocedores de que la síntesis de la vida no pertenece a nadie, y que la fortuna es una dama a la que no conviene desairar, se de buena fuente que se pellizcan cada mañana al despertar.
Así nos encuentra el día de hoy, encarando con ímpetu el cambio de filas. Dos ex fumadores, aspirantes a ex cínicos, en pos de la inyección que nos traiga tan ansiada inmunidad.

miércoles, 21 de abril de 2010

No es solo una queja. Es también una declaración de optimismo

Médicos y cultores de la ciencia médica son indudablemente gente de una casta especial. Y los pacientes insistentes, también lo somos.
Todos sabemos que de un blanco respetable se avocan a la reparación cuidadosa de nuestros cuerpos, y sin embargo....es una contrariedad que a veces, de algunos se reciba un trato similar al que prodiga el service, digamos...del aire acondicionado!
Sí, el service oficial en materia de garantía. Una de esas personas que han sido entrenadas no tanto para buscar y dar con la solución a la primera presentación del problema, sino para desviar la atención y energía del consumidor, de lo que supondría la responsabilidad de su representado.
En ese plan se somete al consumidor a un cuidadoso y extenso cuestionario que lo dirige hasta alguna trampa, que le permitirá al service, poner al comprador de cara con la propia responsabilidad en la causa del problema.
Ahora, en tema médico general y en tratamiento de fertilidad en particular, no diría que hay una pretensión de exoneración de responsabilidad, porque desde ya que no hay responsabilidad humana por los hechos de la naturaleza.
Pero,....sí hay una constante!
Y es que hasta tanto no se dan repetidos fracasos en el tratamiento encarado, no se avanza hacia el fondo de la cuestión.
Atrás quedaron en mis recuerdos los primeros pasos dados con mi ginecóloga.
Todavía lastima mi intuición herida su suposición de que el obstáculo podía ser mi psiquis. O su sugerencia de que tal vez no hacíamos con suficiente ahínco la tarea que nos correspondía.
La recuerdo sacando papel y lápiz para indicarnos en negro sobre blanco el momento de la ovulación, y marcando con insultantes “exis” los mejores días para cercarla.
...Si hasta temí que dos adultos fuéramos objeto de alguna indicación más gráfica todavía!
La verdad es que una está tan deseosa de dar con el origen del problema, que acepta cualquier sugerencia. Aún las que encuentran resistencia de una lógica elemental y de una saludable intuición.
Rencorosamente admito, que solo la veteranía en tema de infertilidad puso bálsamo en mi intuición e intelecto heridos, granjeándome el respeto y seriedad que añoré desde el principio.
Si fuera por mí, habría pedido ser sometida de entrada al escrutinio cuidadoso de un scanner que encontrara la raíz del asunto. Y sin dilación, disparar una flecha certera al blanco encontrado, para no concluir años mas tarde, que ciertas prácticas fueron,-a la luz de nuevas circunstancias-, una pérdida de tiempo y de valiosos recursos.
Enfrentémoslo, no es mala voluntad! Sino quizás como se sospecha, que la medicina tal como está es incapaz,-por técnicas y políticas hospitalarias-, de darnos esa inmediata satisfacción.
La realidad nos empareja. Avanzamos sí, de un casillero a otro, y solo si los dados arrojados nos trajeron suerte.
Ensayamos conforme las estadísticas generales, tachamos, y rescribimos en términos de experiencia personal.
Aprendemos que limitarse a ser movidas como piezas del tablero no rinde. Y que la participación activa, colaboradora y de calidad, le imprime eficacia al movimiento. Paga más y mejor.
Que es vital informarse. Llevar la cuenta de lo que nos sucede. Tomar nota de nuestros pequeños fenómenos, escuchar y hacer oír nuestra historia personal.
Que esconder las lágrimas no sirve de nada, que intercambiar experiencias constituye un valioso aporte, tanto como es inmensamente grato saberse acompañado.
Finalmente,....caemos en la cuenta que la vida es un milagro.
Que las muestras de generosidad deben ser siempre bienvenidas. Y que no se deben escatimar esfuerzos a la hora de retener pese a todo, la capacidad de congraciarse con los logros ajenos.

viernes, 9 de abril de 2010

El regalo prometido

Se me vienen los 40, (y no me refiero a los 40 ladrones de Alí Baba) sino a las cuatro décadas de edad.
Los adivino marchando en actitud de patota, a paso rápido, taconeando sin pausa, e inexorablemente en esta dirección.
Y yo, a escasa distancia, sin más remedio que seguir la misma coordenada, me voy a topar con ellos el lunes de la semana entrante.
Puedo empezar por mencionar algunas notas positivas sobre cumplir 40 años, que sin dudas van a ayudar a amortiguar el impacto, tales como:
...la experiencia que viene con ellos.
...el glamour que últimamente parecen tener. (Indudablemente la terminación redondeada de su cero le otorga una cerrada y llena suntuosidad que se da en fuga en los años posteriores. 41, 42, Mmm!).
...O, lo bien que nos sienta la “temprana” madurez.
Figurativamente sería algo así como un traje de alta costura recién estrenado, por debajo del cual resiste una figura a la que todavía se le adecúa un jean. Visiblemente excesivo y un poco fuera de lugar, pero excusado por el lucimiento a sabiendas candoroso, de la novel madura que lo adquirió.
Hordas de mujeres, famosas y no tanto, festejan la llegada de los 40 y ostentan como un trofeo indiscutiblemente alcanzado, la madurez plena que éstos traen.
En tanto descorchan de lo lindo, desmienten mediante guiños a otras de la misma especie y a cualquiera que este mirando, que sus cuerpos y espíritus hayan sido afectados por el avance de la mediana edad.
Es el festejo de la mentira develada, de los 40 que son y no son! Viva!
En mi caso los 40, además de lo mencionado, vienen con yapa.
Me dejaron un depósito importante de nuevas reservas.
-No! Nada que ver con las del bicentenario!
Son más bien ováricas.
-Sí, la DHEA funcionó y mis reservas se incrementaron considerablemente.
Eso confirmé ayer cuando después de ver los resultados, con notoria alegría mi médica salió del consultorio a la voz de: “una buena noticia”!, a fin de mostrarles al resto de los médicos del equipo, el papel que tenia en mano.
Mientras yo permanecía en ese pequeño consultorio del quinto piso del Hospital de Clínicas, con mi corazón henchido de satisfacción, los escuchaba comentar tan gratamente a mis oídos.
Claro que parte del mérito, mal que le pese a mi médica que tan orgullosamente blandía el resultado de laboratorio, es para mi reducto de sabiduría oriental.
Así, que en tanto me preparo para festejar el cumple que se aproxima, espero con ansias que los números tan agoreros, se traduzcan en una realidad mas auguriosa aún.
Cruzo dedos..y piernas!

viernes, 26 de marzo de 2010

Amenaza de un cielo rabioso






Estas fotos evocan una tarde gris en la playa de Los Pescadores de Punta del Diablo, Uruguay.

Punta del Diablo es de esos pueblos donde uno se quita los zapatos y los pierde de vista hasta que llega el momento de rearmar la valija.
Puede que a primera vista el lugar dé la impresión de ser una modesta aldea de pescadores.
Un puñado de chozas desperdigadas sin orden sobre calles laberínticas que no obedecen a ningún trazado.
Mas, luego de brindarle una segunda mirada, ya habremos descartado la primera impresión.
Ni las casas son chozas, -de hecho hay muchas cabañas muy modernas y construidas con bastante criterio-, ni las calles son un dibujo antojadizo.
Mas bien, responden a un trazado poco convencional, y efectivo.
Viendo un plano del pueblo resulta que las calles son diagonales a las playas, de manera que la mayoría de las casas, -sean mas altas o mas bajas-, tienen vista al mar.
Esta “diagonalidad” que es tan beneficiosa para los inmuebles, provoca serios problemas de “orientación” en los transeúntes que pretenden llegar de un punto a otro, desplazándose por los pliegues del abanico, mas alejados del vértice.
Indefectiblemente nos vamos a encontrar girando en un codo del camino, después en otro, y en otro. Y nos veremos obligados a tomar referencias. El color de una casa, un cartel, un árbol inclinado. Todo vale para encontrar el camino de regreso.
Particularmente de noche, y ante la ausencia de alumbrado público, se escuchan las voces de transeúntes ocasionales y se adivinan breves divagos que la oscuridad no ayuda a aliviar.
Y es que se sabe! Nuestra orientación sufre cuando es separada de los ángulos rectos.
Como sea, el pueblo tiene su fama, y es seguro que ha juntado mérito para ganarla.
Sus amplias playas, la del Rivero y la de la Viuda, -de fieras olas que hacen el placer de los surfistas-, amanecen bajo cielos plomizos a veces amenazantes, que para mediodía se habrán despejado adoptando su cara mas brillante.
Desde la playa o de cualquier barcito de la “costa” se puede vigilar de reojo el regreso de los botes pescadores, que a última hora de la tarde regresan con el botín de la jornada.
Si hay suerte, al final de un día prodigo en bendiciones, nos haremos de un ejemplar de corvina que será portado de su cola hasta un destino sobre brasas.
Y un par de horas mas tarde, rendiremos los pequeños honores, con que los comensales agradecidos, celebramos en privado las delicias de la vida.

viernes, 19 de marzo de 2010

Puede alguien sustraerse a su influjo?



Este es el atardecer del día 12 de marzo último, visto desde Casa Pueblo en Punta Ballena, Uruguay.
Las caídas del sol en este rincón del mundo, son de las más fotografiadas, loadas, famosas por su esplendor, y también de las más marketineras.
Todas las tardes decenas de personas se congregan en la terraza del museo-taller Carlos Páez Vilaró, cuya vista es inigualable, y cámara en mano repiten el mismo y exacto ritual.
Los primeros en llegar serán los que se acomoden en las mesitas del bar más próximas a la baranda de la terraza más alta, y por tanto se asegurarán tener el ocaso en primera plana, sin interferencia de cabeza alguna. Así como el privilegio de tomar las fotos sentados en sus asientos.
Los segundos, aún con suerte, ocuparemos alguna mesita de las ubicadas un poco más atrás, y los demás, deberán conformarse con permanecer parados en discretos pero no menos venturosos rincones, dispuestos para la contemplación, sin estorbar a los previsores del primer grupo.
Allí, rodeados de gente que hace silencio por el peso de solemnidad que trae consigo el arribo del sol a su cenit, voluntaria o involuntariamente, ese airecito a sagrado se llevará con nuestra exhalación todo ánimo de charla trivial. O cuanto menos, de articular palabra que se quede corta en reverencia.
A medida que las nubes se contorsionan en raras formas hasta quedar estiradas en ademán de desperezarse, el sol redondo y de un amarillo de cuento, nos señala directo a la cara y nos da la última caricia tibia del día.
En cuestión de minutos, el cielo muta de celeste a rosa, y de rosa a naranja cálido, en tanto, ya solo la distancia de mi dedo índice acostado en el horizonte, separa a febo del mar.
De fondo empieza a sonar el concierto de Aranjuez, y seguidamente la voz del artista recita unos versos de su autoría, de elogiosa despedida al astro rey, cuya grabación finaliza con habilidad matemática, en el momento exacto que el sol desaparece en el horizonte dejando atrás un revuelo de nubes azul cobrizas.
Quíso la fortuna movida por nuestro despiste y la voluntad de los empleados del lugar, que asistiéramos por segunda vez al convite.
Resulta que RAT y yo habíamos llegado a Casa Pueblo solo un rato antes del ocaso, de modo que apenas llegamos fuimos a la terraza a reunirnos con todos los demás, dando por supuesto que pasado el mismo, nos restaría tiempo suficiente para recorrer el museo.
Fue una sorpresa enterarnos que el museo cerraba apenas terminada la “ceremonia” dicha.
Cara de desilusión mediante porque no habíamos tenido tiempo de hacer una recorrida, nos sugirieron conservar los tickets de entrada para ingresar nuevamente.
Al día siguiente, y habiendo efectuado previo la visita al museo, nos acomodamos con tiempo en la terraza.
Observando a los camareros arrimar los pedidos a las mesas, vi con tristeza asestar el primer pinchazo con que el acto repetido, desinfla lentamente el encantamiento.
Un poco despojada del embelesamiento del día anterior, me concentre en lo que pasaba alrededor.
Las escenas se repiten. Las nubes que empiezan a bailar, la luz cálida que irrumpe en la terraza de un blanco inmaculado, el concierto de Aranjuez que suena, el mismo dedo hábil que prontamente acciona el play, para que el maestro Páez Vilaró se pronuncie elogioso, y acompañe tan sentido verso con precisión temporal, el espectáculo que en el cielo tiene lugar.
La gente que se emociona y lagrimea al compás de las palabras pausadas, de cadencia un poco arrabalera. El tono que decae al final de las palabras y pegotea sus sílabas con ungüento dulce que adhiere emociones, las arrastra y nos las suelta hasta el final.
Las incansables tomas fotográficas. Las parejas que se retratan abrazadas, y los que piden ser fotografiados, unos a otros, -extraños-, y estos, lo hacen en retribución.
Sugiero cerrar los ojos a lo que se vislumbra como rutina, y pasar inadvertidas las caras de los empleados que aún de forma apropiada y sin intención de incomodar a nadie, custodian discretamente los accesos a la terraza, en pos de cerrar subrepticiamente las puertas ni bien entre el último de los fotógrafos rezagados.
Y si acaso no olvidamos tragar saliva después del último sorbo que nos ocupó la cerveza que cuesta unos cuarenta pesos argentinos, y nos reímos con desdén de los casi veinte pesos que costó cada café, nos quedaremos a solas con ese momento único e irrepetible.
Así es como recuerdo al de las fotos. Atornillada a la silla a la que me pegaba una fuerza que me entrecortaba un poco la respiración, y no me dejaba desviar la mirada del frente.
Denle otra vista a las fotos de arriba…, y disculpando las diferencias con el real, con honestidad me dicen: Puede alguien sustraerse al influjo de un atardecer como éste?

jueves, 25 de febrero de 2010

Mi vecina la asesina...(del silencio)

Tengo una vecina que a determinadas horas del día es un fastidio! Expone su vida y habla que parece tener un megáfono en lugar de boca, por el vozarrón que emite!
Pero antes, para tener la situación más grafica, tengo que empezar por comentar como es la disposición de nuestros respectivos hogares.
Resulta, como lo dije en otro post, que vivo en un departamento antiguo, de esos con techos altos, problemas ocasionales de cañerías, espacios generosos, etc, etc.
El balcón del living da al frente, -a una calle muy tranquila por suerte-, mientras que al contrafrente, la habitación, baño y cocina, ventilan a una balcón-galería, angosto y largo, que mira a un patio interno.
Al igual que mi departamento, otras galerías rodean este espacio, encerrándolo hasta la altura de dos pisos, en un abrazo de semicírculo.
El patio que también es largo y angosto, está al cuidado de las porteras, quienes lo mantienen muy prolijo y religiosamente regado. Repleto de plantas con flores, algunos árboles y macetas agrupadas en los rincones, convoca a unos cuantos pájaros en las mañanas soleadas, y a los gatos del vecindario por las noches.
Las galerías, -de las que también penden plantas y hasta peligrosamente algunas ramas que desafían la altura-, se enfrentan unas con otras a una distancia demasiado cercana para mi gusto.
Este encajonamiento contribuye a que el jardín en sombras, brinde una agradable sensación de verde frescura en verano. Pero también contribuye a que ese espacio tenga una acústica especial. De manera tal que cualquier palabra subida de tono o suspiro exhalado con fuerza, se cuela por las ventanas que permanecen discretamente abiertas, para captar un poco de frescura externa.
Mi vecina, -que habita el balcón enfrentado al mío-, es una máquina de generar molestias.
Trabaja en su casa, así que es del plantel permanente del edificio. Parece ser que tiene una actividad extracurricular relacionada con una fundación de perros de la calle, de manera que siempre tiene circulando por su balcón más de una visita ladrante.
Tiene la mesa de la cocina pegada a la ventana, la que permanece abierta de par en par en verano, y entornada hasta la mitad en invierno. Allí come, conversa y ríe con su hermana, se queja, juega y reta a los perros.
Les habla haciendo una voz nasal (como si se tapara la naríz con los dedos) y de a ratos los arenga con unos agudos y estridentes, yuiii! yuiii! A los que le siguen los infaltables ladridos y sus jiii! jiii! (aclaro, no es ja, ja!, sino una risa afectadamente infantil)
Y lo peor de todo, es que elige situarse en el balcón para hablar por telefono. Tiene largas conversaciones de trabajo o con amigos (que estimo, deben ser sordos).
De hecho todo lo que conozco de ella, es porque se lo escuche decir.
No sé si es necedad lo que no le ha permitido percatarse en el tiempo que lleva ahí, -que según mi cuenta es mas de cuatro años-, que esa sensación de intimidad que otorga ese pintoresco “patio napolitano” como lo llama mi marido, es..falsa!
Por encima del apacible jardín, en la soledad de los balcones y detrás de las rendijas de los postigones, hay oídos. Y muchos como los míos, nada sordos e involuntarios.
Supongo que ella verá reforzada esa “sensación de intimidad” en tanto los vecinos estamos retirados de ese espacio. Vale decir, lo usamos, pero no “vivimos” en él.
Ello tiene sus razones. En principio, porque todos a su debido tiempo hemos comprendido que es compartido, y el menos íntimo de todo los espacios del ranking.
Y luego, por el franco avance que esta mujer hizo sobre el mismo, empeñándose en desplegar su vida desde adentro hacia fuera, sin mas límite divisorio que las paredes vecinas.
De momento ahí esta ella. Pensándose sola y mirando la porción de cielo contorneada por los techos del edificio mientras habla por teléfono, invadiéndonos con sus circunstancias.
Del otro lado estoy yo. Rehén en mi propia casa, partícipe forzada de sus asuntos.
Entonces me pregunto: y si fuera cierto lo que nos cuentan las películas? Que tal si cuando me muera no sea mi vida la que vea proyectada, sino la suya?

lunes, 15 de febrero de 2010

La carne me hace feliz!

Como parte de la cruzada que emprendí, -que es de público conocimiento-, hace meses que estoy siguiendo una dieta (ver) estricta, de la cual ya he hablado aunque no en detalle, aconsejada por mi médico chino, de quién también ya hablé en otro post (ver).
Ojo! que quizá la palabra dieta confunda.
No es tanto una dieta en sentido de bajar calorías, sino más bien una “filosofía de consumo” podríamos decir, que requiere cambiar de hábitos alimenticios.
Implica adoptar otras formas de consumir los alimentos, tal como: evitar comer ensaladas de verduras frías o frutas de la heladera, y tomar las bebidas calientes o a temperatura ambiente.
Algunos consumos se relegan lo más posible (notarán que no digo abandonar), tal como: el de harinas blancas refinadas y sus derivados, -ahí van las tortas, pastas, pizzas-.
Se reemplaza el consumo de azúcar refinada por azúcar orgánica o miel, -ahí se fueron los postres, helados, gaseosas-. Y se evitan las grasas animales, -manteca, leche entera, yema de huevo y carnes que no sean magras-.
Se abraza con mayor efusividad consumos tales como: aceites vegetales (de buena calidad), semillas, cereales, pescados de mar profundo, arroz y panes integrales, etc.
Esto que a primera vista parece terrible, la verdad es que no lo es tanto! Con un poco de maña y tiempo podemos salir bien parados del desafío.
Se pueden hacer postres igual de sabrosos con frutas. Reemplazando el azúcar blanco como mencione, el elemento graso por aceite, y haciendo uso solo de las claras de huevos.
O mejor, adquirir los productos en los mercados y negocios, -que hay muchos en la ciudad-, donde se pueden conseguir entre otras cosas, variedad de pastas y panes de harina integral. Galletitas de todo tipo hechas de diferentes harinas, con cereales, semillas, miel o azúcar orgánica. Créanme! Hay muchas y ricas.
Incluso, uno de mis últimos hallazgos fue una especie de “tapas” o “tacos” (para las que no son locales) hechas de harina de arroz, que sirven para hacer empanadas.
Claro que con disciplina y esmero, puede una darse un gustito saliéndose de la dieta, muy de vez en cuando!
Ahora bien, resulta que mi médico chino, además de darme los lineamientos generales de que comidas favorecer y que otras evitar, -en particular para lograr el objetivo de mi pretensión-, siempre me está rescribiendo con letra chica entre renglones y anotaciones marginales, ajustes de esos lineamientos, a mi persona.
Yo, como alumna aplicada me adapto sin réplicas a esos ajustes. Tanto que a diario tomo en ayunas las reglamentarias pastillas de levadura de cerveza. Le agrego la media cucharita de cáscara de huevo molida al vaso de yogurt descremado, (es la forma más aceptable que encontré de pasarla con éxito). Y por último me devano los sesos tratando de encontrar la manera de ingerir las semillas de sésamo negro molido en algún alimento, lo que confieso, no siempre acierto.
El último jueves, éste galeno oriental me dijo que lo que a mi estaría haciendo falta es consumir mas proteínas. Mejorar la calidad de las nutrientes que vienen con la sangre y que fortalecen mis músculos, lo que incidirá en la mejor producción de hormonas, bla, bla, bla.
Con una risa contenida en mi cara, pensé que esas palabras son conceptualmente, -algunas comas más ó menos, diplomas, lecturas varias y años mediante-, las mismas que invocaba mi madre, impulsada por mis tías, aconsejada por mis abuelas, para entrarme en la boca con una cucharada de sopa de hígado, de espinacas disfrazadas y los mil y un truco-bocados para “abrirme” el apetito
Resulta después de todo que este viejo pero agiornado concepto me persiguió hasta el presente, no importa cuantas vueltas de hojas le haya dado a este libro. Finalmente me encontré con una página conocida.
Esa!, la maldición de aquellos que les sobra humanidad, colesterol y ácido úrico. En mi casa no necesita presentación!
Conozco bien a esa vieja aliada de los frioleros y los de contextura delgada, -que sin arrogancia ni hacerme reproche alguno-, me estiró su mano.
Y yo, ni bien termine de aceptar que a la luz de lámparas halógenas y confundidas en ruido cosmopolita, las viejas carencias semejan nuevas. Sin fingir humildad, se la voy a tomar!
Comer carne roja, reina de las proteínas! Tres a cuatro veces por semana.
-Y comé en cantidad! –dijo-
Hace cuatro escasos días que estoy transitando por un raid de asados. De cordero, de colita de cuadril, y hoy me esperan unas costillitas de cerdo. Es extraño, pero la proyección me produce una cosquillita en el estomago!
Después de pasarme meses restringiendo mi consumo de carne, al cual me creí perfectamente adaptada, encuentro para mi sorpresa que la perspectiva de comerla a placer me hace potencialmente feliz!!??
No es que mi vida vaya a cambiar sustancialmente, pero esa habilitación carnística y cuantitativa, - mas mental que material-, concluyo que me augura desahogo y placer.

PD: Tanto luchar para que comiera un bocado mas de milanesa! Cómo se agarrarían de los pelos unos que sé si leyeran el presente!