Este Jueves la convocatoria es liderada por
Pepe, en su espacio nos propone escribir sobre el despiste. En su casa nos vemos los invitados para leer los relatos
LA LLUVIA, NUBLA
Afuera estaba desapacible. Frío, lluvioso, el comienzo del
invierno le había acortado las horas a la tarde. Era de día cuando Marta entró al consultorio
del médico y a la salida, cuando los restos de las meriendas aún yacían sobre
las mesas y en las casas se estiraban unos mates tardíos, estaba tan oscuro
como si fuera la hora de cena.
Desde la protección del umbral Marta espero a
que pasaran los coches que se deslizaban con cuidado por el asfalto mojado. Cuando
las luces de los faros que la encandilaban hicieron una pausa, divisó el gris
del auto estacionado en la acera de enfrente y tomando coraje cruzó la calle a
paso ligero. En un par de movimientos que parecieron uno abrió la puerta del
acompañante y se metió en su interior como una tromba, antes de cerrarla metió
de un tirón el largo de su abrigo y arrojó la cartera al asiento trasero
mientras resoplaba sacudiéndose de encima la lluvia.
Hasta allí todo era
normal, la atmósfera familiar, la radio encendida, la presencia masculina,
muda, que se presentía a su lado sentada
al volante, hasta que el intento de colocarse el cinturón demasiado corto para
ella le puso un llamado de alarma en el cuerpo. Marta se giró a su izquierda,
-¡Ustéd no es mi marido!-le dijo al hombre que a su lado no había dicho palabra
aún, pero más se lo dijo a sí misma y comenzó a mirar de un lado y otro
incomoda, antes de detener su vista en la ventanilla trasera, en la cara de su
esposo, que sentado en el coche de atrás observaba divertido la escena y reía
con los ojos y la boca a causa del despiste de su mujer.
Marta se disculpó rápidamente
con el hombre a su lado que no salía de su asombro y que solo atinó a
responderle con una sonrisa pasmada, tal vez Marta le había interrumpido la
espera de la mujer propia, o un momento de intimidad propicio para escarbarse
la nariz, como sea, Marta salió volando del coche y con ella voló un equívoco
de letras intrascendentes, pariente lejano de los tropiezos afortunados, de
esos que dan pie para un guion de romance